Vivía a escasos metros de mí, en el bloque de enfrente.
Soy tan dada a la ensoñación que cada tarde fantaseaba viéndolo en su escritorio rodeado de apuntes.
Hacía meses que pasaba la tarde sentada en mi ventana viéndole estudiar, él se había convertido en mi programa favorito.
Conocía su rutina casi tanto como la mía propia.
Después de comer estudiaba un rato, mordisqueaba el boli mientras repasaba, debía ser opositor. Yo deseaba entonces morderle el cuello desde detrás, que me prestara atención a mí, que memorizara mi cuerpo y no el temario.
A última hora de la tarde se levantaba para ir a la ducha, yo imaginaba entonces que me colaba tras él y me apretaba contra su espalda. Él aceptaba mi muda invitación y me poseía bajo el aspersor de agua tibia, cuyo rumor amortiguaba los gritos de nuestra explosión de placer.

Luego le veía salir con la toalla en la cintura, se volvía a sentar a estudiar con un café mientras de su pelo caían gotas de agua que resbalaban por su torso. Y yo me veía sentada en su escritorio dejando que él me devorase centímetro a centímetro, muriendo en sus manos.
Pero aquella tarde fue diferente. El peso de mi propia fantasía me asfixiaba, y no esperé a que él se arreglara para salir. Me retiré de la ventana antes, y decidí ir a tomar café. Hoy no habría ducha ni escritorio. Bajé a la cafetería de la esquina, necesitaba despejarme.
Allí me senté con mi café y mi libro a tratar de evadirme de la obsesión que me creaba aquel hombre. Pensando que si se enterase alguien de que le espiaba cada tarde diría que soy una maldita enferma mental. Y yo siempre había sido bastante equilibrada hasta ese momento.
Estaba decidiendo cómo variar mi rutina de las tardes para no caer en aquella obsesión cuando se abrió la puerta de la cafetería.

Joder, no podía ser. Era él. Su silueta ocupaba todo el vano de la puerta. Totalmente de negro, vaqueros, camiseta y chupa de cuero. Se paró y me vio.
Maldita sea mi estampa, estaba muy bueno y lo sabía. Varios pares de ojos le escanearon de arriba abajo mientras los míos se escondían de él. Avanzó por el local y los ojos que le observaban me miraron a mí cuando se sentó en mi mesa. Con indolencia, como si fuéramos amigos.
– “Hola, me llamo Jose. Tú eres la chica de la ventana”.
Me miró detenidamente por primera vez, y juro que lo sentí como una caricia sobre mi piel desnuda. Locura.
– “Sabes? Desde que me observas, estudiar se ha convertido en un aliciente. Llego de trabajar y espero a que te acomodes en la ventana para sentarme. Tus horarios han regulado los míos, eres disciplinada”.
Agaché la mirada deseando que me tragase la tierra y me escupiese lejos…
La primera opción que barajé estudiando atentamente mis manos fue disculparme por haber estado espiándole, asegurarle que no era una loca y prometerle que no volvería a pasar; pero en el último momento, cuando iba a hablar me encontré con su mirada verdosa buscando la mía.
La cabrona de mi cabeza decidió tomar los mandos de la nave. Alcé la barbilla y respondí:

-“En realidad soy caótica, es tu rutina de estudio la que rige mis tardes ahora. Ceno gracias a que tú me lo recuerdas. Me ducho a la vez. Es casi como si nos ducháramos juntos”.
Me miró más profundamente mientras mentalmente yo me abofeteaba y aplaudía a la vez. Definitivamente, había enloquecido. Tal vez acabara internada en un psiquiátrico. Él interrumpió mis pensamientos de culpabilidad susurrando en mi oído:

-“El próximo café lo tomamos en mi casa”.

Levanté la mano y pedí la cuenta, él sonrió divertido. Caminamos hacia su casa, demasiado despacio para mi gusto, me contó que efectivamente estudiaba para una oposición, los exámenes serían la semana siguiente. En el último tramo hasta el portal le hablé algo de mi trabajo.
Entramos en el ascensor y conforme pulsó la tecla del sexto se abalanzó sobre mí. Sus ganas y las mías colisionaron como nuestros labios, dientes y lenguas. Mis fantasías se quedaron en pañales al lado de lo que experimenté en ese primer roce, entre la pared del ascensor y él.
Sus manos me acariciaron el pecho sobre la camisa, excitando mis pezones, bajaron por los costados y me apretaron las nalgas, acercándome aún más a él. Sentí su erección cerca de mi ombligo a través de los vaqueros y aún me calenté más, era como si ya no nos separase la ropa.
Atravesamos el umbral de su casa y me vi aprisionada entre su cuerpo y la puerta, asediada por sus labios y sus manos, hasta que perdí la noción de lo que me hacía.

No sabía si estaba lamiendo mi cuello, subiéndome la falda por encima de los muslos o desabrochando mi blusa.
Pues había hecho todo eso, me di cuenta cuando se arrodilló delante de mí y se sumergió en mi sexo como si estuviera muerto de hambre y sólo pudiera saciarla entre mis piernas. Con dos dedos dentro de mí y la lengua en el clítoris me llevó de la mano a un orgasmo demoledor.
Todavía me temblaban las piernas cuando me alzó en brazos  y me llevó a ese escritorio donde le había soñado tantas veces. Barrió todos los papeles que lo cubrían y me sentó. Con una mano me cogió del pelo para dejar mi cuello a su merced, y me penetró mientras me mordía.

Así, besándome y con el pelo hecho un nudo en su mano volé una vez más entre jadeos de placer. Me repuse lo justo antes de desear probarle. Sabía a él, a mí, a sudor y sexo en estado puro. Le miré a los ojos mientras le daba placer, él gemía mientras me acariciaba el pelo.
Sus ojos entrecerrados eran una promesa de éxtasis por cumplir, y comenzó a cumplirla izándome de nuevo en vilo para llevarme a la cama. Se dejó caer y me subió sobre él: “te toca, cielo. Hazme tuyo”. Y le hice mío, con sus manos en mis caderas, hasta la explosión final.
Un último asalto en la ducha dio por cumplidas todas mis fantasías de los últimos meses. Tomamos café, entre risas y semidesnudos en la mesa de su cocina y me despidió con un beso en la puerta.
En unos días se marchó y no volví a verle. Alguna vez me siento en la ventana a recordar.

es Spanish
X